Pájaros

Caminaba hacia mi casa, cuando me encontré en el suelo un pajarito muy chico que, sin duda, se había caído del nido. El pobre piaba con desesperación, sin parar ni por un minuto. Busqué por todo alrededor, entre los árboles más cercanos, pero no pude encontrar ni el nido ni a sus padres. Así que lo llevé para mi casa, y se lo dejé a mi hermano. Después me fui a trabajar y en la noche, cuando volví a mi casa, voladísimo, mi mamá me contó esta historia: Resulta que ella y mi hermano, al ver que el pajarito no paraba de piar, volvieron al lugar donde yo lo había encontrado, lo dejaron en el suelo, y esperaron a un par de metros a ver qué pasaba ¡Y lo que pasó fue que llegaron el papá y la mamá del pajarito! Al parecer lo habían estado buscando por horas, y ahora que por fin lo habían encontrado, empezaron a traerle comida y a quedarse a su lado. Después salió un vecino del lugar, trajo una escalera, y, como no pudo encontrar el nido, junto a mi mamá y mi hermano dejaron al pajarito en una rama alta, adonde sus padres siguieron llevándole comida y acompañándolo...
La otra historia: nos fumábamos un caño con Jorge, en la clásica plaza cerca de su casa. De fondo nos acompañaban los chillidos (no sé cual será la palabra para nombrar esos ruidos) de un loro que tenía un vecino en su patio. De improviso Jorge me dijo: "Cacha esta weá", y se puso a silbar. Yo no entendía nada, hasta que de repente -y esta weá yo todavía no termino de creermela, tengo que volver para comprobarla de nuevo- el loro cambió sus chillidos por un silbido precioso, nítido, mejor de lo que yo mismo puedo silbar. Y eso no era todo: el loro culiao se mandaba melodias de 10, 20 segundos ¡silbando! Entonaba canciones, era increíble. Yo aún no he podido volver para escuchar una vez más al loro, pero sé que es conocido en toda la villa del Jorge por su capacidad para silbar. Maravillosa locura de la naturaleza...